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sábado, 26 de abril de 2008

Y voló, voló...


Descuento que todos conocen la historia del cura volador.
Por si las dudas, diría el Chavo del 8, un repaso rápido: a un cura de un pueblo del sur de Brasil se le ocurre atarse a unos cuantos globos inflados con helio y hacerse a las nubes, en procura de un record, dirán los medios masivos. El tipo es impulsado por sus propios fieles, un puñado de globos multicolores en hermoso composé y montado en un arnés, con un teléfono celular y un gps.
Y el Hombre de Dios se hace a la aventura.
Vuela, como en los cuentos.
Mágico, a la busca de las alturas.
Y pasan los días y el Señor (o quien lo representa en este barrio, mejor dicho) no regresa.
Crece el pánico.
La angustia por la ausencia inesperada. Por la falla.
Y, una vez más, los medios masivos hablan de tragedia. Muestran globos pinchados (en sincronía perversa). Otros, siempre multicolores, perdidos en el mar. Se habla de la imposibilidad de llamar por teléfono celular en las alturas. Mal cálculo de vientos. Desconocimiento del funcionamiento del gps. Y mil otras explicaciones que sólo llenan el tiempo de basura.
Lo que no dicen es que el Hombre del Cielo, quizás, llegó al destino al que siempre quiso viajar.
Nadie sabrá el final de esta aventura hasta su propio fin.
Y allí, en la majestuosidad de las alturas, quizás uno se encuentre con este particular emprendedor envuelto en mil globos de colores, volando entre los Cielos y los Infiernos, cagándose de risa junto al otro Señor, de cómo en estos paisajes preferimos apostar a la tragedia donde sólo hay esperanza.
Mañana salgo a comprar globos.

DOS

Pd: Querido UNO, sé que siempre me bancás y quisieras sumarte, pero no quiero que liquidemos la indutria del globo. Je, Je.